26 septiembre, 2026
El mito del gen

El determinismo genético propone explicaciones lineales para características humanas complejas. El texto recupera las críticas de la bióloga Ruth Hubbard a esa interpretación de la genética.

En el siglo pasado se acostumbró echar la culpa de la incapacidad de algunas naciones a motivos paradójicos, como el clima demasiado favorable o la abundancia natural de alimentos. Para entender, por ejemplo, por qué nuestro país era atrasado, se argumentaba que eso se debía a su clima dulce y su naturaleza ubérrima. No había hambre en una pampa infinita y feraz, con lluvias siempre oportunas, que multiplicaba animales y plantas de un modo casi espontáneo. El pobre, se decía, vivía harto de carne. Si mendigaba, lo hacía a caballo, como un señor. El dolce far niente era tan posible para el simple paisano y para el holgazán como para el estanciero. Al contrario, los pueblos del Norte de Europa, por ejemplo, enfrentados a un clima riguroso y una naturaleza hostil, habían desarrollado su ingenio e industria. Desafío y respuesta.

Esto se llama “determinismo”, geográfico en el caso. Había otros que explicaban las diferencias entre los pueblos por determinismos diferentes, el racial, por ejemplo. Los negros porque eran negros, los amarillos porque eran amarillos. “En cambio, la raza blanca…” (No se había visto todavía lo del Japón y algún otro mentís contemporáneo). Cesare Lombroso fue un científico que por los finales del siglo daba también una explicación determinista, pero referida a lo biológico y afectando a un sector especial de la humanidad. Lombroso, criminalista, sostenía que los criminales nacen, no se hacen. Cuando apareció su libro L’Uomo Delinquente, se hizo instantáneamente famoso; calzaba con el espíritu de los tiempos. El profesor de Turín sostenía que ciertos individuos eran criminales atávicos, fenómenos de retroceso biológico en la especie humana. Un estudio científico de la conformación craneana podía fácilmente revelarlo. Establecida una fama universal, nuestros abuelos solían comentar, mirando la foto de alguno que había cometido un crimen, cosas como: “…tiene cabeza de criminal nato; el lóbulo frontal… etc.”.

Esta explicación determinista, como aquellas otras, cayó posteriormente en descrédito. Pero lo cierto es que, mientras cada una de ellas estuvo vigente, formó parte del saber convencional; la gente la creía como propia de la ciencia más rigurosa. Vinieron después otras teorías para explicar las desigualdades entre clases, razas o géneros. Se produjo una vasta literatura, difícilmente balanceada por la que producían simétricamente los defensores de teorías opuestas.

Ahora tenemos el asunto de los genes, la explicación genética. Es simplísimo: cualquier aspecto de la vida individual o social se atribuye a la dotación genética. “Los genes nos fabrican”, dijo hace unos veinte años el primer exagerado. Pero lo cierto es que desde entonces existe un consenso del que participan tanto científicos como gente del común seducida por los divulgadores profesionales. Toda enfermedad como la esquizofrenia, para la conducta violenta, para la perturbación física o psíquica es cosa de los genes. [Fragmento deteriorado en el original: “Hay ge divorcio, para el cáncer, para la habilidad de la zurda del futbolista…”]. Los científicos responsables, en general, han dejado hacer. Pocos se han preocupado por matizar esa explicación lineal; aplicar, digamos, una actitud científica básica de escepticismo ante explicaciones demasiado totalizadoras. Lo ha hecho severamente, ahora sí, una científica talentosa. Se trata de Ruth Hubbard, la única mujer que ha alcanzado la titularidad de una cátedra de Biología en Harvard. Esta investigadora de origen austríaco publicó un libro que tiene un título largo y desusadamente explicativo. La traducción sería: “Haciendo explotar el mito del gen: cómo es producida y manipulada la información genética por científicos, médicos, empleadores, compañías de seguros, educadores y aplicadores de la ley”. Su posición no es única. Tiene antecedentes importantes en la reciente literatura científica. Ella la profundiza y le da un enfoque original por lo franco.

Hubbard no hace, como es tradicional en esta materia, argumentación ideológica; su discusión es estrictamente biológica y científica. Se contenta con poner en negro sobre blanco lo que realmente se sabe sobre la biología de la reproducción humana. ¿Qué dice concretamente? Sostiene que el modelo “un gen = un desorden” es totalmente simplista. El desarrollo de un organismo es consecuencia única de la interacción de fuerzas genéticas y fuerzas ambientales; sujeto, además, siempre a accidentes de desarrollo. Los genetistas más prudentes hablan, por eso, de “tendencias” referidas a características anormales. Pero Hubbard va más allá; advierte cuán poco se sabe realmente sobre tales “tendencias genéticas” y qué difícil es avanzar más allá de lo que se sabe. Ello es así porque la herramienta de investigación es la similitud observable entre parientes y, siendo que esa similitud es causada tanto por lo genético como por lo ambiental, no sabemos cómo distinguir una influencia de la otra. Se reclama que las enfermedades o desviaciones sociales como el alcoholismo, las cardiopatías, la esquizofrenia, la conducta violenta, el sexo no convencional, la cleptomanía, se deben a defectos genéticos. Pero no hay modo de saberlo con seguridad. La lección de esta científica es notable. “Hace explotar” un mito, pero no pretende sustituirlo. No promete nada a cambio. Otro profesor de Harvard y autor, por su parte, de un libro afín, Biología como ideología: la doctrina del DNA, apoya la posición y encomia esa actitud. La verdad sobre alcoholismo, violencia o divorcio es que no sabemos la verdad. Y sobre esta mujer, la primera y única de la historia que ganó un concurso de cátedra biológica en Harvard y que renunció para dedicarse a estudios sobre la mujer y asuntos sociales en su especialidad, consigna admirativamente su colega: “Se requiere coraje moral para emitir un mensaje de ignorancia científica con todo lo que ello implica”.