El hombre del triángulo, sobre desarrollo científico-tecnológico
Jorge Alberto Sábato propuso el triángulo que vincula al Gobierno, la estructura productiva y la infraestructura científico-técnica.
El pensamiento de Jorge Alberto Sábato se forja dentro de un peculiar momento histórico, el de la “economía del desarrollo” (Hirschman), que transcurre en los años cincuenta y sesenta y tiene a las naciones desfavorecidas como asunto principal. Los propios países ricos apoyan entonces, a través de agencias internacionales, sobre todo, el esfuerzo de investigación y discusión. Raúl Prebisch y la CEPAL formularon los argumentos marco sobre los problemas económicos de América Latina.
En lo que hace a la política científico-tecnológica se dio en la región un debate importante. Surgió un cuerpo doctrinario de amplia envergadura sobre la relación ciencia-tecnología-sociedad, en el cuadro de planteos más generales sobre “dependencia”/“liberación”/“autonomía” y en medio de acontecimientos políticos como la Revolución cubana y la Alianza para el Progreso. La meditación personal de Sábato, sus experiencias como impulsor del programa nuclear argentino, el trasiego de ideas que le habilitó su frecuentación del hemisferio norte produjeron el fundamento para el esquema ideológico que configuró “el pensamiento latinoamericano” sobre desarrollo científico-tecnológico con objetivo en la autonomía nacional.
Fue, de una manera importante, un impulsor del desarrollo tecnológico nuclear en la Argentina. Dado que muchos se han preguntado a lo largo del tiempo cuáles fueron las razones por las que un grupo tan calificado de científicos y tecnólogos civiles se enroló con pasión en esta empresa desde su arranque en la década de 1950, es interesante reseñar las razones que Sábato dejó consignadas respecto de él mismo y sus amigos. En oportunidad de una charla expuso la historia de ese desarrollo en su etapa fundacional, desde Richter hasta Atucha I (esto es, hasta 1974, año de su renuncia a la CNEA), y en particular las razones por las que se había emprendido. Explicó por qué ocurrió en su momento la decisión de “tomar el tren” de lo nuclear y los pasos que se fueron dando. No había sido algo de racionalidad lineal, sino más bien de tipo idiosincrático. Así también podían calificarse los motivos: el uranio aparecía como una posibilidad energética fabulosa; si la humanidad se había embarcado en ese pacto con el diablo, teníamos que conocer el modo de manejar sus consecuencias; lo atómico iba a dar, aunque fuese estúpido, la estatura internacional de los países; teníamos que apropiarnos de esa tecnología para no quedarnos definitivamente atrás, como tantas veces con los saltos tecnológicos…
Y para cerrar este ítem de la vida del personaje, digamos que más tarde, cuando culminaba la etapa más dinámica del “plan nuclear” que el gobierno militar aprobó en 1976, su profundo antagonismo filosófico con el “Proceso” teñía de cierta amargura su vivencia de ese desarrollo. Criticaba las exageraciones y el desvío del objetivo esencial de constituir a la Comisión en un ejemplo, un paradigma para el desarrollo industrial del país. Manifestó, incluso, sus inquietudes con respecto a las tentaciones bélicas de un régimen arbitrario como aquel. Dijo cosas duras en relación con ideas como la del submarino nuclear y desnudó la pretensión tecnocrática de que ya existía una solución cierta para el problema de los desechos radiactivos. Le molestaba el secreto cerrado que se mantenía sobre una parte de las actividades nucleares. Siempre pregonó la necesidad de un adecuado control público a través del Parlamento y la obligación de mantener informada a la gente, de cuyos bolsillos salía el dinero y de cuya seguridad y bienestar se trataba finalmente. Los temas de la doctrina sabatiana son innumerables. Abarcan la economía de la tecnología, su comercio. Pero vamos a referirnos aquí a un solo tema, el triángulo, adosado a la fama de su autor como un símbolo, al estilo de la palanca para Arquímedes o el modelo T para Ford.
El triángulo será su instrumento pedagógico convincente. Había que ver la cara de felicidad de la gente cuando él explicaba con el dibujo los problemas de la política tecnológica. Dijo alguna vez, humorísticamente, que su utilidad radicaba en que era “la figura geométrica más complicada que puede entender un economista”. ¿Qué es el triángulo de Sábato? Es una figura que sirve para hacer, en primer lugar, un diagnóstico de la situación científico-tecnológica de un país. El diagnóstico dirá que, así como el desarrollo se expresa en una adecuada circulación de flujos —órdenes, respuestas, diálogo— entre los vértices (Gobierno, Estructura productiva, Infraestructura científico-técnica), el subdesarrollo se manifiesta, al contrario, por vértices incomunicados y alienados. Esa sería la aplicación del triángulo para el diagnóstico de la situación.
