Lo nuclear y un ejemplo italiano (que no supimos aprovechar)
El reactor experimental TAPIRO forma parte de la infraestructura científica de ENEA y representa la capacidad tecnológica desarrollada por Italia en investigación nuclear.
Al filo de esta década estuvo en Buenos Aires el profesor Umberto Colombo, del Ente para la Energía Nuclear y Energías Alternativas (ENEA) de Italia. Colombo es un hombre de múltiples intereses y talentos. Pertenece a la Academia de los Lincei y ha escrito un libro en colaboración con Dennis Gabor, premio Nobel de Física. En Europa su palabra es escuchada en los parlamentos más altos y en los círculos políticos y económicos selectos.
Disertó generosamente ante empresarios y científicos, en la Secretaría de Ciencia y Técnica y la Comisión de Energía Atómica. Una de sus exposiciones fue en particular fascinante: la que ofreció acerca de una política de innovación que ENEA está aplicando en Italia con resultados importantes.
Trataremos de reconstruir su relato lo más fielmente posible.
Italia erigió tres centrales nucleares en 1963/64. El bajísimo precio internacional del petróleo determinó que el programa nuclear no progresase. Pero después, a consecuencia de la crisis petrolera de 1973, se planeó un desarrollo espectacular, al modo francés: más de treinta nuevas centrales nucleares.
Sin embargo, el accidente de Three Mile Island, en 1979, lo frenó. Nació el movimiento “Verde” y el país discutió ardorosamente.
Es entonces cuando se cambia la óptica de ENEA. Había que recurrir a energías no convencionales, ocuparse de todas las alternativas, incluso la nuclear. Era necesaria una diversificación institucional.
Se planteó una reconversión de metas y un objetivo novedoso: extraer del conocimiento y del know-how acumulados durante 25 años por ENEA —5.000 agentes, de los cuales la mitad son científicos e ingenieros— tecnologías avanzadas aptas para ser imbricadas en el tejido de industrias tradicionales, pequeñas y medianas.
En 1986, el accidente nuclear de Chernóbil detuvo el programa de centrales nucleoeléctricas. Vino el referéndum. Los italianos votaron en 1987 por la clausura de las centrales nucleares.
El papel de ENEA como difusor de tecnologías avanzadas en la industria se fortaleció. El campo de objetivos se hizo amplio. Había en Italia más de 300 mil empresas medianas y pequeñas que necesitaban mantenerse saludables y ganar mercados.
En particular, el profesor Colombo relató el caso del sector textil.
En 1984 se inicia el proyecto de innovación tecnológica en Prato. Allí existía desde el siglo XIII una industria familiar y artesanal de lana de descarte, integrada por 15 mil pequeñas empresas.
Se constituyó un comité con las industrias, los sindicatos, la municipalidad y los bancos locales. Este era el foro para la coordinación de los esfuerzos de renovación tecnológica, para nuevas capacidades de diseño, mejor confiabilidad, mayor calidad de los materiales, absoluta garantía de continuidad de los suministros, entregas prontas y precios bajos.
Falta un agente.
Un personaje clásico en el distrito lanero de Prato ha sido desde el Medioevo el impannatore, una especie de pariente menor de Marco Polo. Es un intermediario o comisionista, un empresario sin empresa. Usa su capital y lleva las muestras que hace preparar. Viaja por el mundo. Se lo ve en Tokio, en Teherán, en París. Vende por adelantado un producto que no existe. Pero cumple religiosamente.
Vuelve a Prato y en el café combina la producción con los fabricantes.
ENEA apreció que esta modalidad tradicional era buena, pero muy vulnerable. Era necesario convencer a los de Prato de que todo tenía que funcionar como un sistema, no con esa modalidad estocástica.
Había que planificar la producción, reducir las pérdidas de tiempo, incrementar el producto, ahorrar materias primas, energía y trabajo, y ejercer control de calidad.
Aplicaron la automatización y la telemática. Se estableció un sistema de coordinación de la producción, el transporte y los despachos aduaneros.
Como fabricar las muestras llevaba demasiado tiempo, instalaron máquinas programadas para el diseño por computadora. Los impannatori dispusieron ahora de muestras en simple papel, tridimensionales, en colores, sumamente atractivas.
Pero, atención, los artesanos de Prato seguirían sin figurar en los registros fiscales. Esto era una condición vital para que aceptaran el cambio.
Los recaudadores de impuestos fueron convencidos de que la nueva actividad de las empresitas podía incluirse en los ítems de exención, como una actividad ahorradora de energía.
El producto de 1985 ya fue de 5.000 millones de dólares, un 50 por ciento de exportación.
Hoy en día, Prato cuenta ya con la mitad de la producción total de tejidos de lana de Italia. En la década de los 50 era del 20 por ciento.
Lo de la lana ha ocurrido en Como con la seda natural, en Marche con los instrumentos musicales, ahuyentando la competencia de los japoneses de Casio y Yamaha; en Sassuolo, con los cerámicos; en Veneto, con los muebles.
Volcando su capacidad de alta tecnología a la producción, ENEA ha logrado un modo original de política de innovación tecnológica para firmas pequeñas y desarrollo regional.
No descuida, sin embargo, el frente de la investigación y su capacidad científica. Mantiene una actividad intensa en tecnologías de punta: fusión nuclear, ingeniería genética, robótica, nuevos materiales y química fina.
En otros tiempos, los argentinos solían mirar con sorna a los italianos traídos por los barcos. En el siglo pasado obsequiaban con el amable mote de carcamales a quienes fueron, según juzgaría Foerster en su libro clásico de Harvard en 1912, “los que introdujeron nuevos modos de fuerza moral en la fibra de la nación argentina”.
En la posguerra de los años 40 llamaban despectivamente ingegneri a los pequeños empresarios a quienes el país debió en gran parte, lo sabemos ahora, su empeño industrial de los 50 y 60.
Los italianos, siempre asociados al trabajo argentino, acostumbran estar algunos pasos delante de nosotros. Les sobra ingenio y experiencia.
Si hubiésemos aprovechado el ejemplo de reconversión de su ente nuclear oportunamente, la historia de nuestra CNEA —y no solo la de ella misma— hubiese sido, con seguridad, diferente.
