2 octubre, 2026

Los comienzos de la tecnología industrial

Thomas Edison en su laboratorio

Thomas Alva Edison trabajando en el entorno experimental que convirtió a Menlo Park en uno de los primeros grandes centros de innovación tecnológica industrial.

Thomas Alva Edison tenía 21 años en 1868. Ambicioso, pero con poca educación, quiso emigrar a la “fabulosa Sudamérica” para conquistar un futuro. Inició la marcha y llegó, con dos compañeros de viaje, hasta Nueva Orleans. Allí fue disuadido de continuar hacia el Sur y dio la vuelta. Sus amigos, que siguieron, fueron poco después víctimas de la fiebre amarilla en Centroamérica.

En Boston, de regreso, Edison se entusiasmó con un libro de Michael Faraday sobre fenómenos físicos y se convirtió en inventor. Su primer éxito fue una mejora del telégrafo eléctrico, primera patente de las 1.097 que le dieron gloria y millones en su vida.

“Por un pelo —dice un biógrafo— no perdimos al sueño americano, al ciudadano más útil, al benefactor de la humanidad y al prototipo del gran inventor”. Todavía más, al que inspiró, a través del relato de su vida (A Boy’s Life of Thomas Alva Edison), texto de lectura escolar, a generaciones de jóvenes americanos.

Edison fue inventor, no científico. Sin embargo, haciendo experimentos para su lámpara eléctrica en Menlo Park —la primera fábrica de tecnología del mundo donde sí trabajaban científicos—, detectó un curioso fenómeno de luz azulada debida al pasaje de electrones de un filamento a otro.

El “efecto Edison” dio origen, a través de diversos desarrollos de otros investigadores —Thomson, Fleming, De Forest, Hertz, etc.— y de teorías científicas que lo fundamentaron —Maxwell, Planck, Einstein, etc.—, a una revolución cuyo punto culminante fue la invención de los semiconductores por el grupo de Shockley en 1947.

Así, el Mago que se salvó por desistir de su viaje a nuestra región —observación sugerente: piénsese cuán poco o nada habría inventado aquí, tan decisivo es el ambiente— está presente en el tramo inicial de la revolución electrónica de estos días, algunas de cuyas repercusiones en nuestra sociedad son el tema de esta nota.

En el último medio siglo, el mundo asistió a una transformación enorme originada en la ciencia y la tecnología científica. Para evocarla, no hay más que pensar en el transistor, la píldora, el transporte aéreo, la biotecnología, los químicos, el láser, la computadora y los nuevos materiales.

La tercera revolución industrial que atravesamos tiene en su centro a la electrónica, como la primera (1750-1850) tuvo a la máquina de vapor y la segunda (1850-1940) a la electricidad. La computadora es el elemento fundamental.

Así como se dice que la energía del vapor de la primera revolución sustituyó al trabajo rutinario del músculo humano, la invención característica de la revolución actual son los mecanismos de control que hacen el trabajo rutinario del cerebro humano.

Las preocupaciones por el efecto de la invasión de la computadora son variadas, pero quizá la principal sea por la “desocupación tecnológica”, esto es, la pérdida de empleos por el reemplazo que opera la máquina.

Pero hay argumentos que sirven para suavizarla. Por ejemplo, el de que, a pesar de la leyenda del Romanticismo acerca de la explotación de obreros, mujeres y niños en los tiempos de la primera Revolución Industrial, la explotación era anterior y lo que hizo esa revolución fue desnudarla.

Hay varios estudiosos que también dicen que de las fábricas surgieron las reformas económicas —Owen— y políticas —Peel—.

Por otra parte, “fueron los HP, los caballos de fuerza, fue el motor lo que produjo la consideración por el caballo y la Revolución Industrial la que creó nuestra sensibilidad”.

Pero nuestro tema es un aspecto más acotado de la revolución electrónica: el de las nuevas tecnologías de información y comunicación en la vida urbana y en la sociedad argentina en particular; video, televisión por cable y teléfono portátil, tres artefactos que han ocupado la atención de estudiosos recientemente. Por ejemplo, Nuevas tecnologías en la ciudad, de Finquelievich et al., que provee datos aquí utilizados.

Los extranjeros se han sorprendido siempre de la velocidad con que los argentinos adoptan las novedades que se producen en el exterior. Así fue con el automóvil, el cuarto de baño —y la ducha diaria—, la radio, la heladera eléctrica, el lavarropas, etc.

Todos estos productos originarios de la segunda revolución industrial se convirtieron rápidamente en necesidades para el argentino medio, interferidas muchas veces en su satisfacción por políticas de importación restrictivas.

Lo que está ocurriendo ahora, en medio de la tercera revolución, cambia notablemente la escala. Al abrirse la economía y darse una generosa paridad cambiaria, la gente puede satisfacer con mayor facilidad sus ansias de novedades tecnológicas.

El video ha reforzado la influencia ya abrumadora de la televisión. Esta se ha impuesto en todas partes como un medio omnipresente de difusión de modos de vida y pautas de consumo. De ella toma el espectador “sus raciones diarias de comedia, drama y tragedia”.

Digamos al pasar que no se ha reparado suficientemente en aspectos negativos como su influencia sobre los niños: un estudio de 1986 sostiene que retarda el desarrollo de la habilidad para leer, produce bajas en los tests de creatividad, intensifica el sentido de las diferencias entre sexos y da lugar a actitudes de conducta agresiva, verbal y física, tanto en niños como en niñas.

Los videoclubes han crecido hasta convertirse en un “boom” desde el primero que se instaló en 1978.

En 1992 existían 6.000 en el país. El costo de las videocaseteras no ha sido óbice para ello. Los cambios en las costumbres familiares y en la sociabilidad que han sobrevenido son importantes.

La televisión por cable ha constituido otro “boom”. En 1992 había ya más de 600 estaciones en el país. La penetración en los hogares era del 20% al 30%.

Curiosamente, la menor proporción se hallaba en la Capital y el Gran Buenos Aires. Ello indica la necesidad mayor que experimenta la gente del Interior del país de encontrar alternativas de información y esparcimiento, o aun acceso a bienes culturales distintos de los que les ofrecen sus ambientes.

Algunos sociólogos llaman la atención sobre dos rasgos motivacionales: en primer lugar, la influencia de la “mostración a los otros” —el “efecto Jones”, los que “tienen” frente a los que “no tienen”—; en segundo lugar, la atracción mayor de los programas locales —noticieros, reuniones, eventos deportivos o artísticos, historias—.

Pero por sobre estas particularidades está la singularidad argentina. Salvo Estados Unidos, el nuestro es el país que ha mostrado el crecimiento más grande de la televisión por cable; en Latinoamérica lo sigue México, pero lejos.

El tercer fenómeno es la telefonía celular móvil. La rapidez de la difusión de este sistema hizo que Argentina alcanzara en apenas un año el nivel de penetración que en Alemania fue logrado en dos y en Japón en siete.

A mediados de 1992 había entre 30.000 y 40.000 usuarios de esos aparatos. Es seguro que han venido a cubrir necesidades. No obstante, cuando los mortales comunes vemos a un señor hablando por teléfono mientras camina por Florida, no podemos dejar de mirarlo con sorna. Estos ejecutivos peripatéticos tienen, como se dice, toda la pinta del porteño que “se manda la parte”.

Las referidas son tecnologías de uso privado. Las de uso público no nos han afectado todavía como lo hacen en ciudades del Primer Mundo. En todo lo que sean servicios públicos de la ciudad, el nuestro y los países de vanguardia son mundos diferentes.

Es curioso lo poco que se reflexiona sobre el hecho de que nosotros solo participamos de la actual revolución industrial como consumidores. Deseosísimos de novedades, los argentinos aparecemos en esta aventura fascinante como tributarios absolutos del ingenio de los demás.

Necesitamos clases dirigentes que entiendan que esta no es una situación aceptable.

Como dijo una vez un catedrático de la Universidad de Sussex: “La habilidad para contribuir al acopio mundial de conocimientos es un signo de autoestima nacional. Es parcialmente una cuestión de prestigio y de búsqueda de una identidad nacional, pero va mucho más a lo hondo”.

Esto es profesión de “nacionalismo como idea”, nacionalismo como capacidad para asimilar lo que viene de afuera, que exige una apertura y una confrontación, algo distinto del “nacionalismo como ideología”, que es exclusivista y que aísla.

La fabulosa Sudamérica que tentó al joven Edison en 1868 debe dejar de ser alguna vez solo una fábula.